>¿Ética Medioambiental?

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Algunos de los problemas medioambientales más acusantes hoy en día son el calentamiento global, la escasez del agua, la contaminación en general, el agotamiento de los mares, la desertización del suelo, el deterioro de la capa de ozono, la disminución de la biodiversidad, entre otros. Frente a estos problemas hay diferentes posturas que me recuerdan un chiste: ¿Cuál es la diferencia entre una persona optimista y una pesimista? Pues el optimista dice “en el futuro todos vamos a comer mierda” a lo que el pesimista respondería “no, no habrá mierda suficiente para todos”. Las posturas frente a la problemática ambiental también se encuentran encaminadas a este sentido. Existen los que opinan que la actividad humana no puede alterar significativamente a la naturaleza, por lo que no se aconseja hacer nada hasta que haya un problema real. También los hay que creen que hay que ir adoptando medidas para prevenir problemas mayores. Los hay más radicales que piensan que estos daños han sido claramente causados por el hombre y que habría que producir cambios profundos en la mentalidad y muy principalmente en la forma de vivir y de producir del ser humano. Finalmente se encuentran los resignados que son de la idea de que ya es demasiado tarde y que no se es capaz de producir grandes cambios, que sería inútil. Mucho me temo que la posición oficial hasta este momento adoptada por los gobiernos es una mezcla de la primera y la segunda arriba mencionadas.

Estos problemas han llevado a intelectuales, filósofos, científicos y gente preocupada por el ecosistema a plantearse la idea de fomentar una “Ética Medioambiental”. Mucha personas, por lo menos de manera muy general, comprenden el objeto de atención de esta disciplina. Se habla del tema, se discute e incluso se ha generado una presión en los métodos de producción humana para procurar no llegar a un agotamiento de nuestros recursos humanos. Aparecen así, en el lenguaje común, términos como “desarrollo sostenible”, “ahorro energético”, etc.

No obstante por muy en boga que esté la “ética medioambiental”, todavía no se puede hablar de una verdadera ética, sino de simples códigos deontológicos de protección ambiental; es decir de normas que sirven de medios para alcanzar fines (en este caso la protección del ecosistema). Esto quiere decir que si se han creado estos códigos se debe al pánico que envuelve los cambios climáticos y la escasez de los recursos naturales. Por tanto es sólo el interés, el utilitarismo o una visión estratégica lo que ha llevado a estos sectores a abogar por una reformulación ética que se desvíe de la ruta al colapso ecológico.

Muchas de estas políticas “utilitaristas” hasta ahora no perciben a la naturaleza como un ente con valor en sí mismo, y se conforman con la consecución del menor daño posible dentro de una explotación continuada de los recursos naturales u otras prácticas nocivas al medio ambiente. Estas prácticas muestran que nuestra actual situación no es ajena a la reflexión que hizo Rachel Carson en los 60`s: “¿A caso hemos caído en un estado hipnótico que nos hace aceptar como inevitable aquello que es inferior o perjudicial, como si hubiésemos perdido la voluntad o la visión de demandar lo que es bueno?”. Bajo el pensamiento de “esto es mejor que no hacer nada” nos conformamos con ciertas medidas que hipócritamente llamamos de “protección ambiental”, cuando deberían admitirse como políticas de “menor daño ecológico”, pues el perjuicio de la naturaleza continúa dándose. La actividad devastadora de la humanidad ha orillado a plantear, dada la evidencia de la problemática, nuevas acciones de freno a la utilización desmedida de los recursos; pero no hay que olvidar que dicha explotación continúa, sólo que con pautas menos perjudiciales.

Los Códigos deontológicos cumplen con su función, ya que permiten sentar las bases normativas para una mayor protección del medio ambiente, o por lo menos una menor aniquilación de éste. Al usarse la gente acata dichas normas, no necesariamente por un amor o respeto a la naturaleza, sino porque prefiere esta condición, frente a la posible incomodidad que acarrearía no poder disfrutar más de los beneficios que le otorga los recursos naturales; incluso algunas actuaciones son dadas, en aquellos países donde las políticas que aplican estos códigos están más asentadas, por temer a los descalificativos morales que acarrearía no acatar la normativa. No obstante estamos lejos de poder hablar de una verdadera ética medioambiental pues bajo estas posturas no se le otorga a la naturaleza un verdadero valor intrínseco sino uno meramente instrumental.

Queda camino que recorrer para considerar que la naturaleza se merece un reconocimiento ético por lo que significa en sí misma. Hasta ahora buscamos el beneficio humano antes que el de la biodiversidad y hasta que eso no cambie seguiremos perjudicando nuestra Tierra sin comprender que el daño no lo hacemos también a nosotros mismos. Pero finalmente siempre podremos escudarnos con una mediocre deontología que en el fondo no es más que escoger de los males, el preferible.

Algunas de las ideas de este texto son sacadas de Eduardo Mora y su artículo: “Una Ética Ambiental Igualitarista y Compasiva”.
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Acerca de Ramón Ortega (tres)

Ramón Ortega III https://unviajepersonal.wordpress.com/acerca-de-mi/ Ver todas las entradas de Ramón Ortega (tres)

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